Categoría: Alpinismo
Enviado: 2011-05-17 22:01
Resoplas ruidosamente para liberar tensión y das un paso más sobre el abismo que se abre bajo tus pies en el paso de Mahoma.
¿Cómo me meteré en estos berenjenales? Te preguntas por enésima vez en el día de hoy. Miras al frente y ves a Albert que continúa a lo suyo dos metros más adelante, o sea: lo que viene siendo sortear esa gran roca de la manera más práctica posible en una postura un tanto cómica. Y es que los dos habéis dejado la dignidad en la entrada del paso y ahora sólo pensáis en salir airosos cuanto antes, en vuestros últimos metros hacia la cima del Aneto.

Apenas unos metros os separan de la cumbre, desde donde estáis se aprecian hasta los tornillos de la cruz de la cima... tan cerca y tan lejos. Piensas en esta mañana, cuando sonó el despertador a las 5... fue muy curioso ver como en un abrir y cerrar de ojos la habitación se llenó de gente somnolienta deambulando de un lado a otro sin rumbo aparente y en silencio para no despertar a los que seguían dormidos...
¿Quién se va a despertar? ¡Si ya se habían levantado todos! A espabilarse y vestirse tocan, piensas, y como un autómata sacas la ropa de faena de la mochila, medio a tientas, medio deslumbrado por el frontal. De pronto ves pasar a Marco, que te saluda efusivamente: ¡Bien! ¡Al menos no equivocasteis las camas cuando llegasteis anoche, pasada la 1!. Desayuno a las 5:30, durante unos 20 minutos hablas con gente que casi no conoces. Sin embargo es agradable ver que pese a la hora, la gente mantiene muy buen sentido del humor. ¡Son las cinco de la mañana de un sábado, día que dios inventó para el descanso! En fin, tú tienes aún la cabeza embotada del día anterior, apenas has dormido cuatro horas y te preguntas por primera vez aquello de “
¿Por qué hago esto? Vámonos otra vez a la cama”.

El desagradable rascado del crampón sobre la roca del paso de Mahoma te devuelve a la realidad: cuidado, campeón, estate a lo que tienes que estar, que aún te queda un buen trozo. Has avanzado apenas dos metros y llegado al murete de piedra que tienes que trepar, y que tanto ha entretenido a Albert. ¡Albert! Miras instintivamente a tu compañero de fatigas, y te alegra ver que incluso se mueve con mayor soltura que al principio. ¡Bien por él! Y te dispones a trepar la roca. El segundo rascado que produces esta mañana te recuerda cuando os calzasteis los clavos, al principio de la expedición. Al poco de salir del refugio en dirección al Portillón Superior, a 300 metros ya hay nieve de la suficiente dureza para que el sensato Marco recomiende altamente pasar a infrarrojos, es decir: crampones. Dicho y hecho, y continuáis ascendiendo camino en un zigzag algo anárquico, pues la vía no está exactamente delimitada. Qué más da, se trata de subir, ganarle metros y más metros a esa primera y matadora parte hasta el Portillón. El estado de la nieve no ayuda, que tenga una costra dura provoca que no pocas veces acabes hundido hasta la cadera, haciendo freno con la entrepierna. Pum! Pie izquierdo hundido hasta las Joyas de la Corona, jadeando intentas levantarte por enésima vez.
¿Por qué hago esto? Con lo cómodo que estaría yo ahora mismo en mi sofá.

Zig-zag-zig-zag, hasta que en un momento dado, a eso de las 8 de la mañana...
-
¡Mariano! ¿Estás ahí? -La voz de tu compañero te pone en alerta de nuevo en el paso. El pobre no se atreve a mirar para atrás, y quiere saber si finalmente le he seguido por el paso de Mahoma, o estás mirándole desde la seguridad de la entrada a éste.
-
¡Yeah! -respondes-
¿Acaso no sale el sol todas las mañanas?Intentas darle un tono de despreocupación a lo que dices, pero no estás seguro de haberlo conseguido, así que sigues hablando del sol, de cuando esa mañana Lorenzo hizo acto de presencia a eso de las 8, acompañándonos casi todo el camino y haciendo sudar al grupo de doce descerebrados que lentamente iban ascendiendo hacia el Portillón Superior.

La previsión para ese día prometía: muy buen tiempo hasta las tres de la tarde, en que empeoraba. Y para entonces, ¿Qué más daba? Ya pensaríamos algo, y seguro que para entonces ya estaríamos bajando. A medio camino de subida por la rampa alguien dice “
¿Paramos?”. Más de una (y de dos) voces se muestran a favor: queda aprobada la moción, paramos cinco minutos a comer y beber. De paso disfrutamos de las vistas que un amanecer provee en un lugar como este.

-
Ten cuidado con esta roca, se mueve - Dice Albert. Intentas memorizarla para cuando llegues a su altura. Estás muy cerca de la cumbre, no quieres fastidiarla en el último momento (sobre todo si “fastidiarla” significa aparecer rodando en La Renclusa patéticamente abrazado a una roca de gran tamaño: “
¿Usted de donde viene?” “No lo sé, sólo recuerdo estar pasando por Mahoma y...”). Al levantar la cabeza para localizar la ínclita roca te das cuenta que ¡ya estás en la mitad del paso! Es entonces cuando te empieza a inundar esa sensación que marca un antes y un después en toda ascensión: sientes que puedes conseguirlo. Y eso te hace pensar en cuando el grupo consiguió llegar al Portillón Superior. Primera recompensa del día: ¡Contacto visual con el que se supone vuestra meta! Se suceden las bromas, el tiempo no puede ser mejor y ya cunde en el grupo la idea de éxito. Cambiáis bastones por piolet para descender el Portillón y echas un trago de agua (cuidado, estás bebiendo más agua de la que tenías previsto, hay que racionarla). Y comenzáis la laaaarga y lenta ascensión de la última parte.

… lo último que te apetece es quedarte parado en el Paso de Mahoma, pero lo cierto es que llevas un minuto mirando esa gran piedra cuya caprichosa forma y desmesurado tamaño te hace dudar por dónde la pasarás... en realidad no tienes ni la más remota idea de qué vas a hacer: todos los agarres son extremadamente incómodos y ninguno te convence. ¿Y ahora qué? Porque no te vas a dar media vuelta, apenas cinco metros te separan del final del paso. De ninguna manera. Igual que cuando empezó a empeorar el tiempo durante la ascensión final: a ojos vista el cielo se encapotó y una densa niebla comenzó a invadirlo todo.

Pero el grupo siguió lentamente subiendo y subiendo, hasta prácticamente el borde del glaciar. Ahí hacéis un alto para comer algo y analizar la situación.

Todo el mundo lleva gafas de ventisca y buff, pero intuyes caras largas debajo de ellas por la decepción que provoca el saber lo que todo el mundo se da cuenta pero nadie se atreve a decir: así no hay forma de cruzar el paso de Mahoma. Tú mismo no te lo puedes creer, después de tanto esfuerzo no vais a conseguir nada... ¿Por qué hago estas cosas? Finalmente sois Albert, Rafa, Alejandro y tú quienes decidís continuar, en una actitud mitad “
seguro que el tiempo cambia” mitad “
dejaré de respirar hasta que cambie el tiempo”. Ciertamente sois bastante ingenuos... pero si existe una ínfima posibilidad de que el tiempo cambie, queréis estar ahí para aprovechar la ocasión. El resto del grupo se da media vuelta, en lo que parece la actitud más sensata.

No es posible... ¿O sí? Estas sorteando el último obstáculo que se interpone entre tú y el final del Paso de Mahoma! Miras a Albert que está literalmente saltando de alegría al lado de la cruz de la cima. Tú mismo estás en un medio trance, pero en una actitud conservadora permaneces ridículamente agachado para mantener el equilibrio mientras sales del Paso.
Avanzas hacia tu compañero, disfrutando cada zancada como lo que es: el final de cinco horas de dura subida. Pero lo más importante: la recompensa que a menudo no se obtiene cuando mantienes actitud de no-resignación ante la adversidad. Saboréalo, a menudo esa recompensa no llega.
Llegas a la cruz como en una nube, y os fundís en un fuerte abrazo de victoria. ¡Victoria! ¡UAH!

De repente aparece Alejandro de la nada.
¡Que me aburría de esperaros, así que he decidido pasar también! Asegura con esa cara que se les pone a los que acaban de echarse una carrera con el cuarto jinete del Apocalipsis (ya saben, uno se pone a cruzar el paso y no sabe si llegará al final o van a picarle el billete a mitad de camino).

Estáis los tres solos en la cima y el viento sopla, lo que le da a todo aquello un aire solitario, de alta montaña. Así que sacas la cámara y te dispones a fotografiar todo lo que puedas, cuando, mirando a tu alrededor te quedas boquiabierto, contemplando un espectáculo que te hace sentir escalofríos: el tiempo ha mejorado radicalmente y la visibilidad es ilimitada, dejando al descubierto una verdadera alfombra de montañas manchadas de nieve, hasta donde alcanza la vista. Están distribuidas de forma aleatoria y hasta anárquica, pero en su conjunto resulta ser un espectáculo... perfecto. No sabes hacia dónde mirar por que te da la sensación de estar perdiéndote lo que se puede ver a tu espalda y te sientes como lo que eres: pequeño e ínfimo ante semejante grandiosidad.
Y entonces os dáis cuenta que, en realidad no habéis sido vosotros quienes habéis logrado subir al Aneto: ha sido el quién os ha permitido acercaros.
Por esto haces estas cosas: sencillamente por estos momentos.

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Esta fue la ruta seguida
Ida: - Salida de Renclusa: 6:10h
- Llegada al Portillón Superior: 8:50h
- Parada al borde del glaciar y separación de grupos: 10:30am
- Cima: 12:05h
Vuelta: - Portillón Superior 14:00h
- Llegada a Renclusa: 15:15h
*La ruta y los tiempos están obtenida con el GPS de Albert. ¡Gracias, Albert!
**Debido a mi afición a las fotos sin bicho he tenido que usar algunas de Michele. ¡Gracias, Michele!
Texto: Mariano
Fotos: Michele y Mariano